“El celular es un ansiolítico” – Clarín

Protagonista de la vida cotidiana, el teléfono otorga una ilusión de control, dice una estudiosa.

Son las ocho de la mañana en el primer día de clase en una escuela primaria de Buenos Aires. La directora saluda a padres y alumnos; se presenta formalmente y lanza la primera señal: “Ningún alumno puede tener el celular encendido dentro de la escuela”. ¿Qué poderes esconde el teléfono celular para tener tanto protagonismo en un primer día de clases? Probablemente lleve en sí una contradicción. Bien y mal; permitido, prohibido; apocalipsis y salvación; esnobismo y romanticismo. “Las dos caras”, en palabras de la antropóloga Rosalía Winocur, argentina residente en México, donde analiza fenómenos como los del uso de estos aparatos.

Winocur vino a Buenos Aires para presentar su libro: Robinson Crusoe ya tiene celular (Siglo XXI). “La versión optimista de que estas redes van a democratizar a los pueblos y el acceso al conocimiento y crear circuitos alternativos al poder convive con la versión pesimista en la que el Gran Hermano se instala en nuestras vidas con un control absoluto. Una versión y la otra tienen algo en común: un fuerte determinismo de la tecnología”, dice la autora, que es doctora en Antropología por la Universidad Autónoma de México.

¿Qué es lo que hace que estas tecnologías se hayan vuelto indispensables, omnipresentes? “Finalmente -dice Winocur- los seres humanos, que en toda la historia hemos estado sujetos a la misma incertidumbre y a las mismas amenazas, encontramos un pequeño dispositivo que nos da la ilusión del control de nuestras circunstancias y de los otros”.

Es verdad, es una época de incertidumbres, en la que los peligros se multiplicaron porque las redes de comunicación los acercan y magnifican y donde las certezas ya no son tales. La comunicación a través de los celulares permite hacer el seguimiento del viaje de un pariente, por ejemplo. Décadas atrás, el viajar implicaba una larga travesía. La comunicación se basaba en cartas que cruzaban lentamente océanos y continentes. “Había que domesticar la esperanza…” piensa Winocur.

La ilusión del contacto permanente forma parte de un conjunto de “certezas imaginarias” que van permitiendo “sobrevivir y afrontar, por ejemplo, la amenaza de la dispersión de la familia. La familia siempre fue una fuente de sentido y ahora se dispersa en la ciudad, tiene que recorrer grandes distancias. Esos trayectos están muy amenazados por miedos visibles e invisibles. Y de repente, llega esta tecnología que te ilusiona con la posibilidad de saber dónde está ese pariente…”

Pero siempre hay alguien que pone en jaque las teorías. ¿Qué pasa el que se niega a usar celular? “Ese es alguien que te está recordando la fragilidad de la ilusión. El que no usa celular te está diciendo ‘es ficticia tu certeza, yo no tengo celular y no lo necesito’. Claro, él tiene un discurso militante sobre eso: no quiere que invadan su privacidad. Y creo que el que se resiste al celular, de manera algo artificial está defendiendo una independencia que ya no puede tener. Eso es tan ilusorio como el que tiene todo el tiempo el celular y se siente seguro: en realidad hay muy pocas cosas bajo control.

¿Cuánto han cambiado nuestras costumbres?

Veo a los jóvenes en los antros (discos). Antes estaban las miradas, se tanteaba, hasta que el chico se paraba y encaraba a la chica. Ahora todo se soluciona con un mensaje de texto.

¿Un usuario de celular puede devenir adicto?

La angustia de la desconexión es una adicción. Hasta los 90, en las películas, todos los personajes fumaban. Ahora, casi ninguno; la mayoría tiene un celular. De la misma manera en que el cigarrillo funcionaba como ansiolítico socialmente aceptado, el celular también es un ansiolítico. Entonces, las redes controlan la ansiedad y se vuelven redes de sometimiento. Para mí es una nueva forma de sometimiento social.

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