Radiografía del fenómeno que cambia las formas de lectura – Página/12

Más allá del debate sobre la “autenticidad” de la lectura en un aparato electrónico, el e-book es una realidad que avanza sin pausas y en la que las piezas se van acomodando para conformar no un sustituto del libro de papel, sino otra experiencia cultural.

Por Facundo García

La sola mención de los libros electrónicos provoca accesos de escepticismo. “Nadie se va a bancar una novela si no es en papel”, insisten los más pesimistas, que en muchos casos pasan cinco o seis horas diarias leyendo y escribiendo frente a las PC. También caben argumentos emocionales: que “el olor de las hojas”, que “es lindo encontrar los comentarios que uno garabateó en los márgenes”, que “no es lo mismo cambiar de página que apretar un botoncito”, etcétera. Y es cierto que esas críticas son atendibles, como podrían serlo las de los amantes del vinilo en relación con el mp3. Pero que los defensores del Winco intenten hacerlo funcionar en un colectivo repleto, o que los militantes de lo impreso hagan la prueba de transportar cincuenta volúmenes en un bolso. Imposible. Para esas situaciones, la tecnología es una opción atractiva y –anticipan algunos– los e-books podrían ir todavía más allá, al punto de alterar a mediano plazo la forma en que circula la literatura. O no.

En el llamado Primer Mundo las ventas están explotando. Hay cada vez más aparatitos destinados a leer archivos de texto –pdf, doc, txt–, con pantallas que imitan el brillo de una impresión convencional y no cansan la vista. En Argentina, ereaders de la línea Sony o Jointech ya se consiguen a través de la web, aunque –hay que decirlo– a precios todavía excluyentes ¿Se viene el fin de una era? El analista Enrique Dans (www.enriquedans.com) informaba a principios de año que en la Navidad 2009 Amazon había comercializado por primera vez en su historia más libros en formato electrónico que en papel; en tanto que el aparatito que la compañía comercializa –el Kindle, que también llega hasta estas tierras– había sido el regalo más exitoso de la temporada. Pocos días más tarde, datos del Foro Internacional de Editores Digitales (IDPF, por sus siglas en inglés) reforzaban el diagnóstico, al destacar que en enero se había registrado un aumento del 261 por ciento en ventas de e-books respecto del mismo mes del año anterior. Y eso es plata.

Pirotecnias numéricas y financieras aparte, lo concreto es que enchufar la entrada USB del lector electrónico y empezar a cargarlo ocasiona sensaciones orgásmicas en cualquiera que tenga más de dos litros de sangre en las venas. Esa novela que quedó en casa de una ex y que por razones editoriales o económicas se había vuelto inconseguible espera ahí, al alcance del mouse. Un click y bam, la peor herencia de un desamor queda resuelta. En menos de cinco minutos, la obra completa del autor ya está bajada y lista para dejarse recorrer. Se terminó el “está agotado” o “hay que pedirlo a España” que debían soportar los lectores de la periferia; y los lanzamientos de esta semana en Nueva York o París se pueden pedir desde Buenos Aires o viceversa, algo que hasta hace poco requería un monto de dinero incomparablemente superior. Como aporta Charlie Brooker, columnista de The Guardian, las ventajas son a veces inesperadas: “Mi Kindle puede almacenar mil quinientos libros, aproximadamente mil cuatrocientos noventa y nueve más de los que yo podría cargar. Hasta tiene una función para leer ‘en voz alta’, lo que está genial si, como yo, te has pasado años preguntándote cómo sonarían las grandes joyas de la literatura leídas por un robot deprimido”. Brooker menciona otro detalle no menor. “Lo mejor es que nadie puede ver la tapa de lo que estás leyendo”, se alegra.

En la vereda opuesta, los autores están lejos de mantener una posición unánime. Eso se debe, en buena medida, a que el paso de los libros a soporte digital facilita su copia y distribución gratuita. El novelista Javier Marías sintetizó una de las actitudes más difundidas en el ambiente, al afirmar que aunque no podía jurar que en su juventud no habría caído en la tentación de “robar con el ordenador”, siente indignación ante el poder que han adquirido “dos creencias disparatadas, desvergonzadas y nuevas, a saber: que ‘la cultura es de todos’ y que ‘debe ser gratuita’”.

Por lo menos no anda con vueltas. Pero cualquiera sea la reprimenda de los popes, es imposible convencer al lector de raza de que no haga todo lo posible para acceder al texto que lo desvela, sobre todo si las migajas que le destina el capitalismo no le dejan cincuenta o cien pesos mensuales para reventar en la librería. Además, como cualquier downloader curtido sabe, una descarga no equivale a un producto no vendido, porque lo que se almacena en digital no es necesariamente algo que se compraría. Por eso existen figuras literarias que, como Cory Doctorow –cuya novela Little Brother se mantuvo varias semanas en el top ten de best sellers que publica The New York Times– liberan su material y asumen que las bajadas son lisa y llanamente otra forma de promoción. Doctorow jura que quienes comparten su criterio no son hippies que hieden a pachuli, sino autores en procura de interpretar las costumbres de sus lectores. Para él, la clave está en no considerar al libro digital como sustituto del libro “analógico”. Prefiere, en cambio, considerarlo un producto nuevo, que habilita una experiencia de lectura diferente. “El libro es una práctica –-una colección de actividades sociales, económicas y artísticas– y no un objeto”, repite. La polémica está en ciernes. Las piezas, acomodándose. Las buenas historias, después de todo, siguen desatando pasiones.

 

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