Cukmi Offline – Mirá!

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Cukmi: 14 de septiembre de 2010/ 31 de octubre de 2013

“Preferiría no hacerlo”
Bartleby. Herman Melville

Esta pequeña memoria SD contiene los 520 megabytes que constituyen la edición de Cukmi durante 3 años. En su interior hay guardados (en números redondos) más de 2.000 notas, 200 entrevistas, 4.000 encuestas, 10.000 links, 400 recetas, fotos, videos e ilustraciones, y la base de datos de todos los usuarios que interactuaron con comentarios o se suscribieron. En la era de los datos de tamaño galáctico todo esto es menos que un grano de arena.

Podía haber dejado que Cukmi quedara en un estado de vida asistida por respirador para ser consultado por algunas de las miles de visitas que recibía diariamente desde Google, pero ¿por qué hacer eso? ¿para qué? me gustó mucho más la idea de apagar Cukmi, de extraer de Internet todo el contenido y que todos los links que llegaran a Cukmi.com se encontraran con:

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Si: ¡Vaya! ¡Google Chrome, no pudiste! Cukmi no está más, está guardado en una caja.

A veces es bueno decir que no.

Vivimos un período insólito donde deseamos que toda la información este accesible siempre. Sin saber porqué, aspiramos a contribuir con nuestros datos a la vastedad de bits que se expande como una pudrición, y en esa actitud anhelante terminamos comportándonos como empleados de Google. Hacemos todo lo que nos pide para que nuestros bits prosperen, hasta escribimos y diseñamos nuestros sitios en función de ser hallados por Google (SEO), un sometimiento tan inevitable como inaceptable que empequeñece el lenguaje asimilándolo a una nomenclatura ¿Querés que Google te encuentre mejor? Deberías…

Crear títulos únicos y descripciones pertinentes del contenido de cada página. Cada página es una tarjeta de presentación para el buscador. Los títulos y descripciones son puntos de partida para la identificación de los términos relevantes a lo largo de la web por los buscadores. Las mejores prácticas recomiendan escribir títulos de entre 60 y 70 caracteres.

No, Google. Cada página, cada foto, cada video, cada cosa en el mundo, no son una tarjeta de presentación para el buscador. Es extraño a donde llegamos, en lugar de que Google tenga que aprender cómo escribimos los humanos, nosotros tenemos que aprender como Google lee.

Voy a exagerar, pero creo que que somos la civilización más obediente de la historia. Sin discutir escribimos como nos dice Google. Y también, con la misma indolencia, obedecemos a Facebook. Facebook, que nos penaliza con su alcance (mostrar a más o menos gente lo que publicamos) si no actualizamos diariamente nuestros pensamientos. Es increíble, Facebook nos pregunta sin pudor “¿Qué estás pensando?” ¡Y le respondemos! pero igual nos penalizará si usamos una aplicación externa para publicar en sus páginas. La autocracia de Facebook nos rige con leyes que no podemos discutir, amenazándonos ante una transgresión con sus fallos inapelables. Facebook, que nos encierra en su sistema para usar sus algoritmos secretos que estudian desde nuestros rostros hasta nuestras relaciones para crear una taxonomía de 1000 millones de seres humanos como si fuesen bichos.

Estamos desorientados. Por eso obedecemos. Por ejemplo, aceptamos que Facebook use avisos engañosos con el rostro de nuestros amigos para confundirnos y, lo que es peor, que use nuestro propio rostro para engañar a nuestros amigos ¿o no es así? ¿no estamos aceptando esos usos delirantes de nuestra identidad? Nos parece normal que un “like” casual sea una autorización a poner nuestra propia cara para presentar lo que sea. Somos tan dóciles que en cuanto Facebook hace un cambio leemos las nuevas disposiciones para obedecerlas de inmediato. Estamos locos por haber cambiado la libertad de la Web para reemplazarla por el claustro de Facebook.

Somos sumisos a todas las arbitrariedades que se nos imponen para existir en Internet, al punto someternos sin chistar con tal de incrementar nuestra vitalidad digital. Llegamos a tener una cuenta activa en Google+!!, esa especie de Disney World abandonado ; )), con el único objetivo de que nos optimice, o que no nos castigue con un algoritmo venenoso que nos haga en Internet menos aptos que los demás. Y en realidad somos víctimas de una guerra mundial entre Google y Facebook donde Google no acepta haber fracasado.

Para aumentar nuestra reputación digital aceptamos exponernos al ridículo en Twitter. Nos arriesgamos a decir frases que pueden dañarnos ahora o en el futuro, sin dudarlo. Es que queremos ascender al podio invisible de Klout sin saber para qué ¿Qué vas a hacer con esos puntos de reputación? ¿Vas a decirle al chino mientras pagás el yogur que te haga un descuento porque tenés 86 en Klout?

Estamos tan pendientes de nuestra vida online que no estamos plenamente en nuestras vidas verdaderas. Por eso tomamos fotos y videos de todo para compartirlo con ellos, los otros. Pero ¿para qué compartir esa puesta de sol que tanto te gustó? ¿A quién le importa tu sol? La mitad que de los que te dieron sus “likes” creen que es una foto grasa. Adictos a Instagram usamos fotos filtradas de falso Ektachrome para hacer declaraciones con imágenes sobre lo felices que somos, lo felices que son todas las personas que nos rodean ¡Qué sabrosa es nuestra comida! que lindos son nuestros hijos, sobrinos, vecinos, perros, gatos, hamsters ¡Cuánto valoramos esos pequeños momentos de la vida! (esos momentos que no estamos viviendo porque estamos fotografiándolos para compartir en Facebook).

Llegamos a hacer cosas increíbles por prosperar en la nube de intercambios, hasta ajustar nuestro lenguaje de forma inconsciente para hablar como lo hacen los demás. Usamos la lengua que usa la red. Alguien inventó los epígrafes por adición para sintetizar ocasiones, probablemente sea una táctica de escritura intrínseca a la brevedad de Twitter, y ahora posteamos cosas así:

“Miércoles, mañana, ducha, cafecito, jugo: Pilas”
“Noche, amigas, malbec: Placer”

¿O no viste esos epígrafes y tweets que hacen la adición del tipo A+B+C+D=Felicidad? ¿Por qué ahora hablamos como pájaros?

Geolocalizamos nuestros arribos y partidas, guiñamos el ojo con Foursquare. Estamos tan locos que somos capaces de usar la latitud y la longitud para enviar metamensajes, cosas que hablan más de nosotros mismos que de los lugares de los que queremos indicar algo.

Andamos cabizbajos (yo ando cabizbajo). Caminamos sin mirar. Vamos por todos lados con el mentón sobre el pecho, parecemos apenados o arrepentidos pero estamos viendo la pantalla que sostenemos en la mano, vamos cuidando a nuestros dobles que solo existe en Facebook y en Twitter. En algún momento de los últimos 6 años nos volvimos nuestro propio Tamagotchi, un animalito artificial que si no lo cuidamos se muere.

En estos ejemplos de sometimiento cultural que podría seguir enumerando no hablo enteramente de mi o de vos -aunque en varios me siento reflejado- sino del conjunto que formamos. Nada es del todo malo, pero la expresión general que producimos no es estimulante. No estoy en contra de Google o de Facebook, simplemente creo que nos empequeñecemos si nos entregamos a su fluir.

Por eso a veces es bueno extraer información de Internet en lugar de solamente agregar. La sustracción es una especie de derecho de edición de la cultura del que no nos deberíamos privar nunca.

Tengo la idea que muy pronto prosperará entre algunos de nosotros una preferencia por la cultura offline. Imagino que habrá cada vez más actividades desconectadas en las que nadie tomará fotografías, ni videos, ni hará tweets, ni dejará ninguna clase de registro. Una parte del mundo quedará Off Google. El aislamiento y el secreto serán valorizados como en la mafia o en las sectas. Pero enseguida pierdo la ilusión.

Me gusta lo que hacen estos tibetanos que construyen sus mandalas gigantes con arena coloreada durante días, para después borrarlos.

(este post fue borrado por su autor)

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Categorías: internet