Los que estudian y trabajan

(Por Irene Bevcar) Frente a tantos informes sobre los adolescentes que no estudian ni trabajan, hay un alto porcentaje de jóvenes que hacen ambas cosas. Se sienten afortunados de poder seguir estudiando, aunque les cueste ir a cursar. Y tienen más esperanzas con respecto al futuro del país.
Un artículo realizado por una alumna del Taller de Redacción Periodística de Periodismo.net

Todos los días miles de personas toman colectivos, trenes y subtes para ir a trabajar o a estudiar, pero hay una gran proporción de gente que, después de haber estado ocho horas en una fábrica, un taller, un negocio o una oficina, toman un medio de transporte más para ir a cursar, sea secundario, terciario o universitario. ¿Qué es lo que impulsa a esta gente, jóvenes en su mayoría, a ir a estudiar después de trabajar? Frente a tantos estudios sobre los chicos que no estudian ni trabajan, frente a los sociólogos que los definen como una generación “irreversible”, esta realidad de los que sí lo hacen merece especial atención. Son ellos los que desmienten ciertos prejuicios como que “a los jóvenes de hoy no les interesa nada” o “la juventud de hoy está perdida”.

Según datos oficiales hay en nuestro país casi 10 millones de jóvenes de entre 15 y 30 años que representan un 26 % de la población total. Si bien las Naciones Unidas consideran jóvenes a las personas de entre 15 y 24 años, actualmente las investigaciones tienden a estirar ese segmento extendiendo, sobre todo hacia arriba, la edad hasta la cual se considera joven a una persona. Este fenómeno se conoce como “adolescencia tardía” y está retrasando el ingreso de los jóvenes al mundo adulto, el cual se estima alrededor de los 31 años y tiene varios motivos que la explican: se debe a que las actuales condiciones económicas, sociales y educativas retrasan su incorporación al mercado laboral y su alejamiento del hogar familiar, prolongando actitudes adolescentes. “Yo siento que a mí me pasa lo mismo que a muchos amigos míos, pareciera que queremos ser adolescentes eternos que nunca nos independizamos, pero no es así. Yo trabajo, pero no puedo pagar un alquiler de $ 300, además, parte de lo que gano va a parar a mi casa”, reconoce Juliana, estudiante de Psicología y cajera en un supermercado. La mayoría de los jóvenes de Capital Federal y Gran Buenos Aires vive con sus padres y es todavía incapaz de independizarse porque no gana lo suficiente para mantenerse; además, sienten que no pueden desbaratar la economía familiar quitando la contribución que sus sueldos pueden aportar.

Las condiciones que más influyen en esta “adolescencia tardía” están relacionadas con el empleo informal del cual los jóvenes son los principales protagonistas: la mayoría trabaja en negro, sus puestos suelen ser los más precarios y los peores pagos: el sueldo promedio no supera los 450 pesos. En la década pasada surgieron en Argentina empleos típicamente juveniles, sobre todo en shoppings, cadenas de comidas rápidas, y delivery (ver “La odisea del primer trabajo”). Estos empleos les sirven a muchos para ir costeando sus estudios mientras tratan de conseguir algo relacionado con sus carreras; porque, aunque parezca una utopía, muchos adolescentes y jóvenes todavía tienen la esperanza de lograr un futuro mejor: trabajan de lo que pueden o de lo que consiguen, mientras siguen estudiando. Hace años los padres soñaban con un hijo doctor. Hoy, a pesar de todo, los jóvenes piensan igual. La inmensa mayoría cree que estudiar les permitirá mejorar sus condiciones laborales y su futuro, y más de la mitad siente que gracias a los estudios ampliarán su visión de la vida. “Título no es igual a trabajo, pero sin el título es imposible encontrar algo que realmente te guste, que puedas ganar medianamente bien y donde puedas hacer carrera”, dice Juliana, y agrega: “yo no quiero trabajar para siempre en el supermercado, pero quiero ser Psicóloga y para serlo tengo que estudiar, y lo estoy haciendo”. Según cifras del INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos), el 45% de los argentinos de entre 15 y 30 años estudia en algún establecimiento. Este dato nos aproxima a otro fenómeno de los últimos años: muchos jóvenes tardan más en terminar una carrera universitaria que hace algunas décadas. Antes, una carrera de grado podía llevar, como mucho, seis o siete años; ahora, al tener que salir a trabajar antes de recibirse, a muchos jóvenes le lleva más de ocho años y en algunos casos trabajan en áreas que no están relacionadas con sus estudios.

Es el caso de Diego, que tiene 25 años, vive en Lanús y estudia Comercio Internacional; ya se recibió de Despachante de Aduana, pero trabaja como cadete en una clínica. “En cuanto tuve el título intermedio de despachante, trabajé en el área, tenía algunos clientes, pero no me duró mucho. Además, no ganaba casi nada; así que busqué algún trabajo fijo como para poder seguir estudiando. No sé cuánto tiempo seguiré trabajando acá pero, por ahora, me sirve. El trabajo lo conseguí a través de mi tío, que trabaja en la clínica. Tuve bastante suerte, pero sé que hay chicos que no tienen tanta suerte como yo, que quieren estudiar y, por una cosa o por otra no pueden y se pasan un montón de tiempo buscando laburo.” Como él, hay muchos que trabajan a la par de estudiar, reconocen que es un sacrificio muy grande y admiten que muchas veces les “pinta la vagancia” y no tienen ganas de ir a cursar, pero sienten que son afortunados de tener un trabajo y confían en encontrar algo relacionado con sus carreras una vez que se reciban.

Como el caso de Bettina, de 22 años, que estudia Posproducción Audiovisual y, mientras reparte su currículum y hace cursos de capacitación, atiende una feria americana junto a su hermana Catalina, en el garaje de su casa. “La idea de la feria surgió entre las dos, en parte como un rebusque y además para conseguir la ropa que usamos”, comenta Bettina en su local. “Creo que estudiar te da posibilidades que sino uno no tendría. No es que por tener un título vas a encontrar un trabajo copado enseguida, pero te abre más puertas. También te ayuda hacer cursos que complementen tus estudios. Además, en mi caso, que estudio lo que me gusta, sin hacer la carrera no podría trabajar en posproducción”.

¿Será la hora del comienzo de la construcción de un país con más oportunidades para todos? Estos chicos son la respuesta a esta pregunta que los argentinos nos venimos haciendo desde hace años.

Recuadro
¿Se terminó el éxodo?

Parece que los “jóvenes modelo 2004″ ya no están tan obsesionados con la idea de irse del país. Esta nueva realidad se da en parte, porque ven una leve pero esperanzadora recuperación en la economía y vislumbran una luz al final del camino y, en parte porque quieren ser protagonistas de la historia del propio país. Pasado el peor momento de la crisis desde el año 2001; luego del corralito, los cacerolazos y el “que se vayan todos”, los jóvenes tienen un poco más de esperanzas con respecto a su futuro laboral y a lo que vendrá en la Argentina. Según una encuesta realizada por la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) en Capital Federal y Gran Buenos Aires, el 80 % de los consultados manifestó que no se iría del país. En cambio, respondió que sí se iría a vivir y probar suerte en otro país el 24 % de las personas entre 31 y 50 años.
No, yo no me iría. Argentina es mi país, mi tierra, y eso, cuando estás lejos, se extraña, necesitás tus cosas, tus lugares, a tu gente. No sé si es un poco ingenuo de mi parte, pero tengo esperanza de que las cosas mejoren un poco. Igual la realidad del país está un poco mejor que hace dos o tres años, no? Además, muchas veces se idealiza la vida en otros lugares, en Estados Unidos por ejemplo; o en otros países, sobre todo de Europa. Y una vez que llegás allá es todo muy duro, es difícil conseguir trabajo, adaptarse y en algunos países, te tratan mal, sos un ’sudaca’. Salvo en el caso de España, también está la barrera del idioma que, si no lo hablás bien, entorpece bastante la vida cotidiana”, comenta Juliana en un alto en sus tareas en el súper.
Otra condición que pesa a la hora de decidir irse a probar suerte a otro país es la cantidad de personas que no soportaron estar lejos de sus seres queridos y de sus costumbres. O familias enteras que no pudieron adaptarse a un estilo de vida diferente, nuevos horarios, idioma, etc; y terminaron regresando. Lo que queda claro es que hay un cambio en la manera de pensar que tienen los chicos sobre la idea de vivir en otro país.

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Recuadro 2
Pasantías, ¿una mirada sobre lo que vendrá?

En muchos colegios privados, se implementó hace algunos años la modalidad de materias con pasantías en distintas empresas. Estas experiencias les sirven a los adolescentes para conocer cómo es el trabajo real. Los estudiantes suelen ir a cumplir las pasantías con mucha responsabilidad, pero también con una cuota de fantasía sobre lo que sería tener un trabajo. Muchos no tienen idea de lo que significa trabajar y este tipo de experiencias los pone de frente (a veces de una manera un poco brusca) al verdadero mundo del trabajo adulto.
Distinto es el caso de las pasantías organizadas por las universidades, que son convenios con empresas relacionadas y apuntan a insertar a los alumnos de las carreras de grado en el ámbito laboral específico de sus estudios. Lo que sucede es que la mayoría de la universidades que cuentan con pasantías acordes a las carreras son las privadas y, de esta manera, los miles de alumnos de las universidades públicas (la mayoría) se quedan afuera de esta gran posibilidad.

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Entrevista con la psicóloga Mabel Naroski

- ¿Qué es lo que hace que algunos chicos no quieran hacer nada de su vida y otros salgan a estudiar y trabajar?- Creo que estos chicos que no trabajan ni estudian, más allá de los recursos económicos, en algún punto en su vida recibieron o reciben todo, aunque no sea económicamente.
A mí me consultan padres por chicos sin deseos, sin ganas de nada y quizás con muchas posibilidades económicas. Pero trabajando con los padres, te das cuenta que son chicos que tienen una clara falta de límites. Tienen todo al alcance de la mano. No es que tengan todo desde lo económico, pero no tienen límites claros. Entonces los chicos se plantean: “para qué luchar por algo, para qué esforzarse si igual lo puedo obtener de una u otra manera”. Sean los que no tienen recursos y los que los tienen, si los límites no han sido bien puestos, son chicos desganados porque lo tuvieron todo, no se tuvieron que ganar nada, nunca llegaron a desear nada.

- ¿Tuvo algún caso de este tipo?- Me acordaba del caso de una chica que los padres le decían: “¿querés estudiar música?, bueno, acá tenés el instrumento”. Es como que no le dejaban ese espacio de deseo, de tener que esforzarse, de tener que lucharlo.
Hay chicos que los padres tal vez no les pueden decir: “acá tenés el instrumento”, pero no les ponen límites en cosas que no se pueden y en cosas que tienen que luchar familiarmente, desde salir a la calle, salir a bailar, etc.

- ¿Y por qué hay chicos que sí se esfuerzan, que van a cursar después de haber estado muchas horas trabajando? - Estos chicos han recibido los límites, la falta, el “no tener”, como todo el mundo. Todos pueden sentir la falta y el no tener. Estos chicos lo sintieron y saben que para poder conseguir algo en su vida tienen que lucharla. Y se encontraron con que si los padres no pueden ayudarlos, será estudiar y trabajar al mismo tiempo. En cambio, a los otros chicos parece que les diera lo mismo tener algo o no tener nada, porque no tienen esa falta. No tienen ese “me falta algo, entonces lo puedo desear para tenerlo”. El deseo hace que trabajes para conseguirlo, que te movilices.

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Opinión
Por Irene Bevcar

La odisea del primer trabajo

Para alguien, el primer trabajo representa la posibilidad de acceder a la plata propia, a poder salir el fin de semana sin depender de “cuánto me pueda dar papá” (o mamá), es sentirse independiente de los padres y aprender a administrar el dinero. Pero, para lograr esto, los chicos suelen soportar trabajos casi explotadores.
Les pasa a los chicos de 18 o 19 años: el primer trabajo –por lo general, no calificado- suele tener condiciones bastante difíciles. Porque pensemos, ¿dónde puede trabajar un adolescente recién salido de la secundaria –o del nuevo polimodal-? Negocios, shoppings, cadenas de fast food y patios de comida son las posibilidades más comunes. En casi todos los casos se trata de empleos transitorios, de muchas horas y sin horarios fijos, pasando mucho tiempo de pie y cumpliendo tareas rotativas, trabajando en negro, sin cobertura social y, a veces, hasta sin derecho a vacaciones pagas. Y en estos lugares los chicos soportan de todo, desde horarios abusivos: en los cines los chicos trabajan hasta que termina la última película; hasta pasar ocho horas –o más- de pie en un kiosco o una estación de servicio. Es decir, que en estos empleos informales hoy un chico trabaja de 19 a 3 hs. y mañana puede llegar a tener que trabajar de 11 a 19 hs. En los locales de comidas rápidas sucede algo parecido. Y como necesitan el sueldo, lo soportan.
El primer trabajo debería ser una experiencia enriquecedora, un momento de transición de la adolescencia a la vida adulta y no un encontronazo con el cruel mundo de los negocios que se aprovecha de la poca experiencia para sacar una tajada más grande.

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Categorías: dinero