¿La imagen no es nada?
(Por María Curubeto) Me decía mi peluquera (y cuento la anécdota porque ella me parece una típica Doña Rosa, diríamos) que la línea Sedal estaba viniendo muy mala porque la empresa ya se había ido de la Argentina.
Sedal es una marca de shampoo. Quizás, de las más tradicionales y probablemente una de las marcas insignia del gigante angloholandés Unilever: un “monstruo” que produce artículos de limpieza, cosmética y alimenticios y factura miles de millones en el mundo. Unilever está en la Argentina hace no sé cuántos años (más de 50 seguro). Y me animaría a decir que más allá de la crisis económica argentina es de esas empresas que no van a levantar campamento por unos cuantos años de recesión o de crisis política.
La anécdota viene a colorear de una manera muy sencilla cómo las empresas, o lo que ellas producen, están metidos en nuestra vida desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
No sé muy bien de dónde venía la información de la peluquera. Y confieso que tampoco me esforcé demasiado en educarla porque me interesaba ver cómo eran las apreciaciones de imagen corporativa de alguien ajeno al mundillo empresario. La charla derivó en las privatizadas de servicios públicos, los bancos y las grandes empresas en general.
Lo que resulta clarísimo es que incluso aquel no interesado en temas empresarios por motivos netamente profesionales tiene una opinión formada in mente sobre las compañías. Y esto es así desde hace ya tanto tiempo que casi no se tiene memoria de cuándo empezó. Y será así por los siglos de los siglos en tanto sigamos viviendo dentro de un sistema capitalista y seamos, entre otras muchas cosas, animales de consumo.
Pero lo curioso también es que la percepción o la imagen que las personas se forman de las empresas no se puede aprender en un libro de texto, como se aprende sobre literatura, arte o ciencia. La imagen está formada por pequeñas y grandes acciones, por omisiones, por exceso o nula exposición, por los avisos de publicidad que hacen, por las donaciones o las acciones que auspician, por sus desatinos y descuidos sociales, por cómo cobran sus productos o servicios, por cómo atienden a sus clientes actuales y potenciales, por lo que opinan sus empleados, por cómo los tratan… en fin, por tantos factores que casi diría que a una empresa le resulta imposible controlar todas las variables que inciden en lo que la gente piensa de ellas.
¿Eso es importante? ¿De qué le sirve a una empresa que la gente piense mejor o peor de ellas? ¿Va a cambiar su facturación o sus ganancias? ¿A la gente le modifica en algo la vida? Bueno, sin duda que no. Digamos que todos tenemos deseos y aspiraciones más trascendentes y emocionantes que conocer los detalles internos de una empresa. Claro, eso en tanto no sea que resulte que últimamente estábamos comiendo con nuestros hijos en La hamburguesa asesina. O que el prestigioso y sólido banco al que le había confiado los ahorros de nuestros sueños se quedó con todo de un día para el otro. Creo que es sobre todo en estos casos extremos en los que de pronto descubrimos cuán relacionados estamos con tantas marcas, productos y compañías.
Y esto no es ni bueno ni malo. Sólo otra forma de reflejar nuestro complejo mundo.
::: MARÍA CURUBETO ES JEFA DE REDACCIÓN DE LA REVISTA IMAGEN Y PROFESORA DEL CURSO DE PERIODISMO Y EMPRESAS DE PERIODISMO.NET, QUE CAPACITA A LOS PARTICIPANTES EN LAS DIFERENTES HERRAMIENTAS Y CANALES DEL PERIODISMO INSTITUCIONAL.
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