El corazón mirando al once
(Por Albertina Piterbarg) Marcelo Birmajer es, sin lugar a dudas, un bicho raro. Con tan sólo 37 años, cuenta en su haber con una prolífica y exitosa carrera literaria de más de 20 títulos publicados (afirma ni siquiera recordar el número exacto) e incontables artículos periodísticos. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas y su agente literaria es nada más ni nada menos que la legendaria Carmen Balcells, representante entre otros, de escritores tales como García Márquez, Sánchez Ferlosio, Bryce Echenique, Valente, Scármeta y Juan Goytisolo. La singularidad de Birmajer está centrada en su carrera: es un escritor que vive de sus escritos y que cree en el oficio de escribir como forma de ganarse la vida, a pesar de la crisis reinante.
En esta entrevista Birmajer opina acerca del oficio de escritor, el periodismo y la literatura.
Birmajer lleva a cabo su tarea diariamente en un pequeño estudio ubicado en Valentín Gómez y Anchorena, en el corazón del barrio de Balvanera, a apenas dos cuadras del Abasto. Se trata de un departamento antiguo, de techos altos y paredes gruesas y poco orden establecido: libros y revistas esparcidos por doquier, papeles en el piso, la computadora siempre encendida y el mate sobre la mesa. De pelo muy corto, tempranamente canoso, Birmajer posee una mirada entrecerrada de eterna desconfianza, que afloja sólo cuando se entusiasma con alguna idea. Su modo franco al hablar refleja ecos de su escritura, muchas veces brutal y siempre directa.
Gran parte de tus novelas y cuentos tienen como escenario las calles del Once… ¿Cuál es la relación que te une con este barrio?
Mi relación con el barrio del Once comenzó cuando nací. No recuerdo ningún momento de mi vida en que yo no haya estado relacionado con el Once. Es casi como mi relación con la literatura. Desde que tengo uso de razón, mi principal recurso consiste en inventar historias. Antes de eso no tengo recuerdos. Lo mismo ocurre con el Once: antes del Once no sé nada. Viví hasta los veinte años en Tucumán y Junín, donde aun sigue estando la casa de mi madre. Mi padre era contador público y mi mamá ama de casa. Eramos una típica familia judía de clase media clásica.
¿Alguna vez te alejaste del Once?
Lo más lejos que estuve del Once fue en mi infancia, por un período corto que mi mamá nos llevó a vivir a Israel. Nos quedamos en Tel Aviv sólo tres meses, aunque mi mamá había ido con la idea de quedarse para siempre.
¿Cómo era ese barrio de tu infancia?
Diferente, más brillante, menos gastado que ahora. Por ejemplo había un gran baldío, una pausa de salvajismo en el medio de la ciudad. En ese baldío se acumulaban botellas rotas, basura, escombros. Incluso ahí vivía un mendigo. Andábamos en bicicleta dando vueltas manzana y ese baldío era para mí el misterio, otra dimensión, la posibilidad de acceder a mundos desconocidos. Estaba ubicado sobre Uriburu, entre Tucumán y Viamonte. Alguna vez frente a este baldío hubo una obra en construcción que mucho más tarde, se convirtió en escenario de mi cuento “La última familia feliz”, de mi libro El fuego más alto.
¿Cuándo pasó el Once a ser parte de tu literatura?
Lo primero que escribí fue una autobiografía, a los nueve años. Allí describía mi casa y mi barrio. Después pasó mucho tiempo y tuve que esperar hasta mi novela juvenil El alma al diablo para que volviera a aparecer el Once. Después de eso, nunca más lo abandoné. De hecho, ahora acabo de escribir un guión con Daniel Burman para un largo que se llama El abrazo partido que transcurre casi totalmente en el Once.
¿Qué tal te resulta la experiencia de escribir guiones?
Escribo guiones porque me pagan. Si no me pagaran, no los escribiría nunca. Y de hecho, me pagaron muy bien, porque con este guión hasta ganamos un premio. Sin embargo, el dinero tampoco me convence a la hora de renunciar a mi soberanía absoluta sobre el texto. Debo reconocer que me molesta compartir la autoría del guión con otra persona. Nunca queda claro cuál es tu participación total en el proyecto. Creo que para la próxima vez o bien pediría mucho más dinero, o bien diría que no.
El Once se encuentra inevitablemente unido al judaísmo, y en tus libros o bien tus personajes son judíos, o bien reflexionan acerca de la religión.
Es cierto, lo que ocurre es que a mí me divierte ser judío. Me resulta atractivo, me da material para trabajar. No se limita a una declamación o a una mera postura intelectual. Siento una conexión verdadera y profunda con mis antepasados, aquellos que estuvieron frente al monte Sinaí y que dudaron si lo que escuchaban era la voz de Dios o su propia voz hecha eco en Dios. Yo creo en Dios. No sé cómo se expresa ni sé cómo es mi relación con El, pero creo en Dios.
¿Sos judío observante? ¿Respetás el shabat (día de descanso)?
No, no respeto ningún rito. No me jacto, pero no lo respeto. Es importante remarcar que no me jacto, porque bajo ningún concepto propongo que la mía sea la forma correcta de vivir.
¿Y cómo es tu forma de vivir?
Me gusta la mezcla. Nunca me sentí especialmente atraído por hablar con un judío ortodoxo, pero me gusta verlos pasar, vivir en su barrio, compartir la vereda con ellos. Nunca hice conexión con un coreano, pero me gusta que estén ahí. Sí, en cambio, me he conectado mucho con los judíos laicos, que son en general, los personajes reales de mis cuentos: tanto aquellos que castigo como falsos progresistas, como aquellos con los que me siento cómodo o identificado, con una posición de desconcierto o amor por lo judío sin cumplir con los ritos.
¿Escribiste alguna vez algún libro específico sobre el barrio?
Justamente es uno de mis próximos proyectos: un libro descriptivo, narrativo e histórico sobre el Once.
Como escritor cumpliste con muchas metas y sueños que para otros son inalcanzables… ¿qué te gustaría que te suceda de ahora en más?
Mi sueño es poder mantenerme como estoy, pasar toda mi vida escribiendo lo que me gusta y ganando dinero de esa manera. No pido ni más ni menos: simplemente continuar viviendo como vivo ahora.
Tu caso es muy particular, ya que cumplís con el modelo de escritor norteamericano (el de oficio, aquel que vive de su escritura) mucho más que con el modelo del escritor genial o marginal, que es el caso de muchos autores argentinos.
Te voy a ser totalmente sincero: me encanta ser escritor en Argentina trabajando para el exterior. Mis últimos cuatro o cinco libros fueron escritos para Europa fueron acordados desde Europa. Algunos sólo se publicaron allá. Por ejemplo, salí finalista del premio La sonrisa vertical (colección de literatura erótica del sello Tusquets) y mi libro Eso no va a publicarse en España. También me están traduciendo. Por ejemplo, El alma al diablo fue traducido al italiano por Mondadori y Las historias de hombres casados fueron traducidas al alemán. Las nuevas historias de hombres casados también salieron con contratos en España. Si viviera únicamente de lo que gano en Argentina, sobreviviría sólo a medias, en cambio, con el componente europeo, estoy más tranquilo. Miento. Tranquilo no estoy: estoy bien. Tranquilo no estoy nunca.
En tu cuento “Nodeó la cabeza” del libro Historias de hombres casados, hablás de los colaboradores periodísticos, aquellos que trabajan free-lance escribiendo para diferentes medios gráficos. Decís que están obligados a escribir sobre todos los temas –lo cual es cierto- y que, salvo escasas excepciones, los colaboradores mueren colaboradores. Incluso afirmás que, a diferencia de los redactores fijos, han nacido del lado “sin suerte” del periodismo.
(riendo) ¡Es cierto! Y lo que escribí en esa oportunidad, lo sigo afirmando hoy. A mí me tocó la mala suerte congénita del colaborador, pero pude revertir la historia e importar buena suerte al lado malo. Sin embargo, debo reconocer que estoy aliviado de haber dejado de ser ese colaborador que escribe sobre casi cualquier tema. Ahora soy más un columnista que hace lo que quiere que un colaborador que escribe sobre lo que le mandan. Antes yo hacía cualquier cosa en periodismo. Ahora me volví exquisito y hago muy pocos trabajos.
¿Por qué razón?
Tal vez porque la literatura comenzó a darme más ingresos y puedo subsistir con el trabajo literario, que es el que me interesa realmente. El periodismo siempre fue para mí una fuente de trabajo, una forma de ganar plata, nunca una vocación. Escribiría literatura me publiquen o no, me paguen o no. Siempre escribiría ficción. Ahora que la literatura me permite mantenerme, ya no tengo demasiados motivos para ejercer el periodismo. Además, nunca hice un periodismo informativo o de denuncia, siempre hice un periodismo narrativo, un periodismo de opiniones.
¿Qué es lo que no te convence del periodismo?
Me gusta tomar la realidad como a mí se me antoja. El periodismo te obliga a no negociar con la realidad, a respetarla. Estás obligado a aceptar las cosas como son. En el periodismo importa la exactitud. No se puede mentir o deformar, modificar la realidad. En cambio, en un cuento, si yo decido hablar de Vietnam y y quiero que Ho Chi Min tenga veinte años, no hay nada que pueda detenerme. Eso por un lado. Por el otro, no me interesa respetar el estilo de ningún diario. No quiero tener ningún jefe de redacción dándome órdenes o diciéndome lo que tengo que hacer. No me interesa.
¿Trabajaste alguna vez en una redacción?
Sí, en el diario Sur entre el 1989 y 1991. La experiencia fue muy buena. Por primera vez me sentí integrante de algo, que iba a trabajar a una hora y salía a otra. Pero duró muy poco, sólo dos años.
¿Cómo es tu rutina de escritor?
Ahora estoy en una crisis total respecto a mi rutina de escritor: me escapo del estudio, voy a comer a lugares distintos, no puedo hacer nada, pero generalmente comienzo a trabajar a las ocho de la mañana y termino a las siete de la tarde. A la mañana escribo y a la tarde corrijo. Comienzo a la mañana tomando mate y termino a la tarde tomado whisky.
¿Leés?
Mucho. Isaac Bashevis Singer, William Somerset Maugham y Adolfo Bioy Casares, a quien considero mi maestro, son mis lecturas favoritas. Leo y releo a Singer todo el tiempo. Incluso tuve ahora que parar de leerlo, porque era lo único que hacía. Cuando no leo a Singer leo sobre el conflicto árabe/israelí o palestino/israelí. También me gusta leer sobre temática judía variada, la segunda guerra mundial, acerca de la vida de personajes políticos como Ghandi o Mandela.
¿Cuál es tu personaje favorito del Once?
De chico escuché muchas historias acerca del líder de una patota del Once. Se decían de él las cosas más increíbles: que era capaz de todo, que le había pegado a un policía… Hasta tenía un nombre que ahora no recuerdo. En verdad, nunca supe si esa patota existía o no, si ese líder era real o simple leyenda urbana, pero en el barrio se hablaba de él y se contaban sus cuentos. Le tenía miedo y admiración a la vez. Cada vez que salía a la calle, lo buscaba en cada esquina. No hay nada más poderoso para un hombre que aquellas cosas que no sabe si son reales o imaginarias, como el Diablo o como Dios. Lo existente puede ser olvidado, lo mismo que aquello que se confirma que no existe, pero aquello que queda en el misterio, también queda en la memoria. Y un barrio como el Once, cruzado por el comercio, por la religión, la tradición, por la mezcla y la inmigración, es un barrio un barrio habitado por la magia del misterio.
¿Qué te gustaría ser si no fueras escritor?
Siempre quise ser un superhéroe.
PERFIL
Marcelo Birmajer nació en 1966 en Buenos Aires, en el barrio de Balvanera. Escritor, traductor, periodista, guionista y humorista, ha publicado más de veinte libros entre los que se destacan la novela juvenil El alma al diablo (1995, Premio Alija), Fábulas salvajes (1996), El fuego más alto (1997) e Historias de hombres casados (1999). Es autor del ensayo Historieta, la imaginación al cuadrado (1988, Premio Beca Revista Cultura), de los libros de relatos Fábulas salvajes (1996, Premio White Ravens y mención especial del Premio Nacional de Literatura) y Los tres mosqueteros (finalista del Premio Clarín de Novela 1999), entre otros. Ha incursionado también en el teatro con Cuatro vientos y un saxo mágico (1994) y en el cine, con el guión del corto Un día con Angela (ganador del Consurso de Cortometrajes del Instituto Nacional de Cinematografía). En la actualidad se está terminando de rodar el largometraje El abrazo partido, basado en un guión de su autoría, en colaboración con Daniel Burman y recientemente tradujo el libro La muerte de Matusalén, de Isaac Bashevis Singer, para la Editorial Norma. Es columnista habitual para la revista Viva de Clarín, reciente finalista del premio La Sonrisa Vertical del sello Tusquets por su título Eso no y está preparando un libro sobre el barrio del Once, escenario privilegiado de gran parte de su obra.
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Categorías: cultura